la sobremesa #3: el mundo fuera de internet
Election Day, un análisis vago de la noche neoyorquina, historias de Halloween y el comienzo de una navidad temprana.
Cuando tenía 12 años, me hice una cuenta falsa de Facebook para poder hablar de lo que me gustaba.
El mundo real era un lugar hostil, donde mis gustos eran calificados como infantiles o patéticos (calificativos que nunca le son ajenos a una fangirl), y el único espacio donde pude amar las cosas con total libertad, por primera vez, fue internet. Parece loco pensar que este espacio, del que hoy trato de huir, fue en algún momento el lugar donde fui feliz.
Para una nena de 12 años, pocas cosas importan más que ser amada, querida, aceptada, ya sea por su familia o por el boludo que se pasa sacándose los mocos en clase. A veces, nuestro amor por ciertas cosas no va de la mano con esa aceptación, con ese anhelo de pertenecer. Así fue como, poco a poco y de manera un tanto intensa, Twitter, Facebook y Tumblr se convirtieron en el escape que tanto necesitaba, en una introducción, quizás, a lo que vendría a ser mi verdadero yo.
Estoy bastante segura de que también fue el prólogo de todo lo que sería mi vida en los años siguientes, como si un día, mis ganas de hablar de lo que me gustaba me fueran a llevar a grabar un podcast, hacer un hilo en Twitter, colarme en una avant premiere, organizar un viaje a Nueva York, convertir mis gustos en un trabajo, y finalmente cumplir el sueño universal de trabajar en lo que uno ama. Y todo gracias a internet.
Sin embargo, hace ya más de un año tomé la decisión de alejarme de ciertos círculos virtuales, en especial Twitter (¿X?), que pasó de ser un espacio de libertad a un motor de ansiedad.
Tengo la certeza de que entre los 21 y los 25 años es el periodo en el que más cambiamos, y casi toda esa etapa de mi vida está documentada en internet. En TikToks que no puedo mirar de la vergüenza ajena que me dan, en videos de YouTube con estéticas que ya no me identifican y en posteos de Instagram con dedicatorias que hoy me hacen reír. Ni hablar de episodios de podcast en donde utilizaba una película para lidiar con lo que estaba pasando en mi vida personal, algo así como una terapia a voces. Hay algo tan interesante en haber comenzado este proyecto personal en un periodo tan bisagra en la vida de una mujer, en medio de mi primera relación, amigas que fueron y vinieron, viajes que me cambiaron la cabeza y, por primera vez, haber sido expuesta a la crueldad de internet.
En este periodo tan raro y emocionante, tenía la certeza de que el mundo entero se basaba en Twitter, en Instagram, en YouTube, en la burbuja que yo misma había creado en internet, esa que tanto me había protegido y hoy me quitaba el aire. Salía a la calle y, en mi entender, todos pensábamos lo mismo que en aquel tweet que se había vuelto viral, y si un término se usaba en redes, entonces se adaptaba a las conversaciones de la vida real.
Qué ilusión la de la burbuja virtual; nos hace creer que el mundo es mínimo y en realidad solo basta con salir de ella para entender que lo único mínimo somos nosotros mismos.
Election Day, mi momento más Tracy Flick.
Acaban de pasar las elecciones en este país y, aunque no pienso hacer un análisis político porque nunca fue mi fuerte (ni quiero que lo sea), me resulta interesante ver cómo los tweets, las demandas hollywoodenses y la cultura pop siguen sin marcar al mundo real, cómo quizás todo eso siempre será parte de la burbuja de la que hablo.
No digo que no haya influencia, sino que no es de la magnitud que uno cree, la ilusión que eso genera. Que Taylor Swift llene miles de estadios alrededor del mundo no significa que pueda hacer que un candidato gane, ni tampoco lo logra el que los Avengers se junten a través de una videollamada falsa que sirve más para el marketing de la productora que para hacer un cambio real.
Estando en un país como Estados Unidos y habiéndolo visitado varias veces, puedo decir que las elecciones hablan de la verdadera esencia de su cultura, una que radica plenamente en la ignorancia y la glorificación de ella. No me malinterpreten; en este país he conocido personas ultra inteligentes, con las que he tenido de las conversaciones más interesantes, aquellas que pueden hacer que te enamores en una noche. Sin embargo, ir a un bar es cruzarte con 20 hombres que realmente no saben dónde queda Argentina ni tampoco les importa saberlo.
Respeto el no saber; uno nace como una hoja en blanco, y por eso nada es más emocionante que aprender cosas en la vida. Pero también hay que entender que su cultura radica en un nacionalismo extremo, aquel que hace que no les enseñen otra historia más que la suya. Qué culpa tiene un niño al que no le enseñan, ¿no? Ahora, la elección de permanecer en la ignorancia me parece aterradora. Y acá hay mucho de eso.
Bar culture vs. Club culture: pros y contras de la noche neoyorquina.
En la ciudad de Buenos Aires, salir se ha vuelto bastante repetitivo. No soy alguien a quien le atraiga el boliche de costanera, mucho menos si se atreven a poner un enganchado imposible de bailar para que los chicos se hagan los cancheros en Instagram. Tampoco me divierte el hecho de tener que hablarle a un hombre en sus 30 que basa su trabajo en ver quién entra o no a un boliche, ni mucho menos me interpela pagar una entrada carísima para volverme a mi casa a las dos horas.
Y chicas, no me recomienden fiestas de música pop. Las respeto, me divierten, bailo muchísimo y aún así, soy una mujer con un placer muy simple.
A mí me gusta conocer gente.
Qué cosa tan extraña conocer gente en la ciudad de Buenos Aires, una noche que se basa en salir de casa y tener todo planeado. Los grupos están marcados y utilizamos vocabulario como “ambiente”. Me aburre lo predecible que es todo.
Ojo, amo nuestra manera de salir y creo fervientemente que Buenos Aires es extremadamente divertida, pero aun así le cuesta un montón salir de su zona de confort. En cambio, Nueva York es totalmente impredecible y bizarra, cosas que para mí son esenciales al momento de salir.
Nueva York tiene algo que se llama “bar culture,” aquella cultura que se basa en ir a bares para, atentos, conocer gente. Sí, entras y la gente te viene a hablar. Es fabuloso.
Ahora, mucha de la noche neoyorquina se basa en ir de un lugar a otro; nunca se sabe dónde vas a terminar, y esa es la magia de todo. La gente cambia, el que ves una noche no aparece más y siempre es un recambio constante. La ciudad de tránsito tiene una obsesión con lo efímero, con la idea de que si decidís quedarte en casa, te estás perdiendo de algo irrepetible, como si dejaras la posible mejor historia de tu vida en un estante, sin leer, sin contar.
¿Esto quiere decir que todas las noches en Nueva York son épicas? No, para nada. He conocido a las peores personas en esta ciudad y me he aburrido en la mayoría de los bares a los que voy. La picardía bonaerense la trae uno, y la fiesta argentina es una carga que vas a tener que llevar todas las noches. El concepto de perrear no lo conocen, y son pocos los que se animan a que los saques a bailar.
Cómo extraño bailar.
Con mis amigas, siempre que tenemos la oportunidad ponemos alguna que otra canción de nuestra patria, no solo porque nuestra sangre lo necesita, sino que también es un espectáculo ver la reacción de los yankees a la energía argentina.
El otro día estábamos en una house party en Williamsburg y tomamos el mando de la música. Pasamos por todas las canciones que nos hacían acordar a casa y, entre cuartetos, saqué a bailar a dos chicas que se encontraron fascinadas con la vibra que emanábamos.
Lo que creo que pasa es que esta es una ciudad donde estar estresado es el estado más común, y viniendo de una cultura en la que basamos nuestra personalidad en reírnos de absolutamente todo y bailar hasta las seis de la mañana porque nada es tan serio, siento que debo sacarlos a bailar un poco de vez en cuando.
Entre los fascinados también hay algunos que pecan de xenófobos y tiran comentarios como “too much Spanish” y se van.
Qué tremendo ser tan culorroto, with all due respect, Courtney.
Algunos bares de Nueva York que me gustan mucho:
Twins Lounge (Greenpoint): sexy vibes, gente extremadamente linda, pero only cash!
Le Dive-Clandestino (Lower East Side): lugar muy fashion, explotado de gente con mucha onda, pero ojo que quizás te hacen esperar 45 minutos para entrar. Yo recomiendo ir a eso de las 8, comer algo, tomar y después seguirla en otro lugar.
Fresh Kills Bar (Williamsburg): El concepto de este bar me fascina. No tiene un menú de tragos convencional; vos vas, le decís al bartender qué trago te gusta, y él te hace una reversión del mismo. Fantástico.
Radegast (Williamsburg): Acá tuve lo que probablemente fue el mejor beso de mi vida. Una birrería que tranquilamente podría estar en el medio de Palermo (bueno, medio que sí, porque Williamsburg es mi versión de Palermo acá), pero que siempre tiene el poder de sorprenderte cada noche. Gran lugar para conocer gente y bailar arriba de las mesas.
Notes on partying:
1. El gin tonic sigue siendo mi bebida por excelencia. Siempre quise ser una chica con un signature drink, como Carrie, y no es que no me guste el Cosmopolitan o el martini, me encantan, pero los considero demasiado peligrosos. Creo que un trago tiene que generarte confianza, saber cuando es suficiente y no engañarte para que pienses que podes seguir tomando martinis como si fuesen tarros de aceituna. Quizás el gin tonic sea mi signature drink; pensemos que sí.
2. Nadie me cree que me llamo Barbi (nunca voy a decir Bárbara acá, le saca lo divertido); para algunos es muy tierno y les atrae, yo creo que pecan de pervertidos.
3. Los bares huelen a humedad, mezclada con birra, que para mí es el aroma de este país.
4. La mejor fiesta siempre va a estar en las calles, no importa en qué ciudad estés.
Halloween Tales
Halloween.
Evento que toda mujer divertida ama y venera. Los aburridos tildan esta festividad de farsa americana y deben ser también los mismos que te explican cómo Papá Noel fue un invento de Coca-Cola. Martín, dejame disfrazarme de mi personaje favorito o, por lo menos, dejame ser hot en paz.
No hay lugar para gente aburrida en la sobremesa; esos piden la cuenta rápido y se van porque tienen sueño.
Sigamos con mi historia.
Toda mi vida quise vivir Halloween en Nueva York y siempre estuve a punto de lograrlo. Vine tres octubres seguidos, pero la fecha de partida caía un 16, 26 o 28 de octubre. Mi capacidad para pegar en el palo y afuera es tremenda. Por algo soy arquera. Sin embargo, en 2021 tenía todo planeado: iba a pasar el 31 de octubre en la ciudad de Nueva York y todo iba a ser un sueño.
La salida estaba confirmada, el disfraz preparado, pero no fui lo suficientemente capricorniana como para prevenir los efectos de la vacuna Johnson & Johnson (qué mundo distópico vivimos allá por 2020-2021, por favor). Qué risa la vacuna con nombre de shampoo que me vine a dar en esta ciudad y encima el día que tenía que festejar Halloween a la noche; yo realmente me creía indestructible.
Con esa seguridad que a veces me hace pegarme un par de palos, caí en cama con fiebre de 40 grados, y los planes de Halloween cambiaron por googlear cómo se llamaba el paracetamol en Estados Unidos. Tylenol, por si alguna necesita el dato.
Esta vez, me propuse vivir Halloween al máximo en esta ciudad y decir que sí a todos los planes que me proponga.
CASO HALLOWEEN
Situación: Halloween caía un jueves
Problema: el yankee es incapaz de salir fuerte un día de semana; les recuerdo que acá todos tienen horario para dormir
Pregunta: ¿qué fin de semana salimos?
Solución: ambos.
ACTIVIDADES ATP EN LA CIUDAD: perritos disfrazados, el parade engañoso y el mejor people-watching de tu vida.
Hay muchas cosas que no son ATP en Nueva York (sobre todo en el subte), pero un desfile de perritos disfrazados debe ser lo más apto para todo público que se me puede ocurrir. Así como me escucharon, perritos (y algunos gatitos) disfrazados en el Tompkins Square Park en un desfile que se celebra todos los años unos días antes de Halloween (este año fue el sábado 19). Mi recomendación es llegar temprano porque, para sorpresa de nadie, todos quieren ver perritos disfrazados.
Personally still waiting for a cats parade.
El West Village Parade es una recomendación que no quiero dar, pero siento que debo hacerlo.
Voy a ser muy sincera: yo creía que un desfile con gente disfrazada bailando Thriller iba a ser lo mejor que iba a presenciar en mi vida, pero cuando por quinta vez escuchás esas notas iniciales y no tenés forma de escapar porque las vallas te asfixian, un unicornio te golpea con su cola inflable, y un Pennywise te quiere ofrecer droga, te entregás al destino y entendés que los desfiles nacionales no son lo tuyo.
Llegamos a eso de las 6 de la tarde y, antes de ponerme a verlo, preferí caminarlo. Sigo pensando que esta es la mejor opción.
Canal St. y 6th Ave, punto de encuentro de los que decidimos embarcarnos en esta odisea. Me pregunto si todos sabíamos a lo que nos íbamos a enfrentar. ¿Era yo la única que no sabía lo que me esperaba?
Cuando finalmente decidí irme, me di cuenta de que no había escapatoria; todo estaba vallado y los policías demasiado lejos como para pedirles que me dejaran salir. Además, Estados Unidos te incita un miedo que no te permite saltar una valla porque sentís que a la primera de cambio o te pegan un tiro o te deportan.
Es infinitamente mejor recorrer las calles de la ciudad, ver cómo no hay nadie vestido de civil y recordar, una vez más, la magia bizarra neoyorquina.
ACTIVIDADES NO ATP: un disfraz de colorada por favor.
“Halloween is the one night a year a girl can dress like a total slut and no other girl can say anything about it.”
No hay película que explique mejor el girls world que Mean Girls, pero eso ya lo saben, porque si están acá, espero que hayan escuchado mi podcast y el episodio sobre esta maravilla.
Volviendo a la festividad que nos compete, yo tengo una nota en el celular que se llama Halloween Costumes, donde anoto todos los disfraces que se me ocurren durante el año. Pero tengo una regla simple, aunque esencial: al menos uno de los disfraces tiene que ser de una colorada.
Este año, la elegida fue Daphne. No particularmente porque tengo tendencia a engancharme con Freds del Financial District, sino porque el disfraz que encontré en Dolls Kill con un descuento alucinante era todo lo que mis sueños de cineTROLA podían pedir. Eso sí, por primera vez en mucho tiempo tuve que ponerme una calza bajo la falda, y debo decirles que encontrar una calcita tipo de colegio acá es dificilísimo porque todo lo que hay son shapers y más inventos para que las mujeres estemos cada vez más disconformes con nuestro cuerpo.
Otro día fui Julieta de Romeo + Juliet, pero todos pensaron que era un ángel. Uno incluso me dijo “fairy”; tampoco les pido tanto. En el medio, fui víctima de Klaus Mikaelson con un collar de perlas ensangrentado, y para coronar la experiencia neoyorquina, canalicé a mi spirit animal desde el 2004, Lola Steppe.
“Sos igual”, me decía mi mamá cada vez que alquilaba esta película cuando era chica.
Dramática, caprichosa, pasional, fashion, fangirl, y estúpidamente obsesionada con una ciudad que no me vio nacer. Lola Steppe y yo siempre fuimos una, pero no fue hasta que me vi más rubia de lo normal en las calles sucias de Manhattan que decidí comprarme ese collar de Coca-Cola en Etsy y cumplir lo que siempre estuvo escrito.
¿La joda? Ninguna fiesta fue lo suficientemente buena (nada va a superar las de mi casa), pero lo único que importa de Halloween es el disfraz. Para lo demás, están las otras noches del año.
La gran hazaña de nunca perder la capacidad de asombro
Estos últimos años pude descifrar algo que me tenía en vilo, un estado de ansiedad e incertidumbre que me acompaña desde que terminé la secundaria y, en realidad, desde mucho antes también.
¿Cómo quiero que sea mi vida?
Ojo, no me refiero a qué quiero hacer de mi vida; eso siempre lo tuve claro.
A los 6 quería ser veterinaria, hasta que mi abuela capricorniana me dijo que iba a ver animales morir constantemente. A los 12 decidí que iba a ser actriz y ganar un Oscar. Ese sueño casi me llevó a mudarme a Nueva York a los 18 y, en otro universo, quizás a casarme con Adam Brody.
A los 16 me di cuenta de que amaba la moda con locura y que el cine no era solo territorio de actores, sino también de directores, productores, DP’s, guionistas, diseñadores de vestuario; en fin, de la gente que realmente hace de este arte el más hermoso que existe.
A los 5 años descubrí que me encantaba hablar, y a los 19, la mamá de mi mejor amiga me hizo darme cuenta de que quería ser periodista.
Mi vida puede dividirse tranquilamente en sueños, y debo decirles que nunca tuve una crisis vocacional. Este texto no trata de eso, sino del estilo de vida que quiero.
De querer vivir en estado de asombro.
Eso le dije a mi hermana hace un año cuando volvía de un viaje a Sicilia con tres de mis mejores amigas. Conocer gente, divertirme, ver obras de arte y sonreír porque me gusta la fachada de un edificio. Subirme a aviones aunque me muera de miedo y saber que aún me faltan millones de personas por conocer.
Vivir en estado de asombro. Qué difícil es cuando basas toda tu vida en eso.
Nueva York siempre ha sido muy afín a mi asombro. En una ciudad donde un miércoles cualquiera puede haber un concurso de parecidos de Timothee Chalamet, y el mismísimo Timothee aparece, es difícil aburrirse. Sin embargo, el terror de aburrirme me carcome, y hasta les diría que me hace caminar por esta ciudad como un robot, en automático, preguntándome si acaso la estoy normalizando.
Menos mal que la ciudad siempre sabe cuándo demostrarme lo contrario.
El otro día, en una noche primaveral, me acerqué a Bryant Park y me encontré con una versión de la ciudad que nunca había visto: la navideña.
Nueva York, igual que yo, teme aburrirse y entonces se reinventa constantemente, cambia de estética como de estación. Así, cuando termina noviembre, se encienden las luces de un árbol y el rojo se enamora del verde una vez más, dando lugar al escenario de una comedia romántica navideña. La pista de hielo, el árbol encendido y un Empire State rojo y blanco me transportaron a una película, a escenas que no he vivido, pero que deseo que sucedan, que alguien decida escribirlas y otro filmarlas.
Que un tapado me abrace con un chocolate caliente y que, por primera vez, el frío no solo no me importe, sino que me enamore por completo.
El 25 de diciembre aún no ha llegado, y tampoco estaré en esta ciudad cuando suceda, pero, en algún lugar de esa ansiedad porque las cosas pasen ya, la ciudad me hace enamorarme una vez más, recordándome por qué tantos cineastas decidieron filmarla, por su promesa diaria de que algo fantástico siempre está por suceder.
“¿Estás para ir a tomar algo a Clinton Hill?”
Perdón, me tengo que levantar de la mesa; algo fantástico puede llegar a pasar.
Xoxo
Barbi









Querer vivir en estado de asombro!! Me encanto y voy a tratar de hacerlo todo el tiempo, aunque no pueda por el momento viajar a otro pais, pero lo voy a incorporar en mi vida!!
Gracias por compartirlo!!!
fresh morning read ✨